miércoles, 16 de diciembre de 2009

Miedo a la muerte de los padres



Creo que nunca he sentido tanto miedo como cuando pensé que mis padres habían muerto. Ese incidente lo recordaré hasta después de mi muerte. Una noche, hace varios años, regresé a casa y ellos no estaban. Siempre me informaban cuando iban a salir y a llegar tarde, lo que me hizo suponer que se encontraban en un lugar cercano.

Apenas hube reposado un rato, sentado en el escaño de la sala, preparé la cena- que consumí con lentitud-, hice la tarea de español y, cuando me acosté, ya eran más de las diez de la noche.

Recuerdo que no pude dormir porque una sensación de intranquilidad aumentaba en mi interior a medida que pasaba el tiempo. Miraba continuamente el reloj de mi cuarto y me preguntaba por qué el teléfono permanecía en silencio.

A las tres de la mañana perdí todo vestigio de serenidad. ¡Mis padres han muerto!, murmuraba incesantemente. Me imaginé enfrentándome solo a la vida, a una existencia sin amor, protección ni dinero, sin saber a cuáles familiares acudir.

Lloré de miedo, dolor y angustia y cuando creí que todo estaba perdido escuché que se abría la puerta: eran mis padres que llegaron con el alba.

Mi mayor miedo, desde que pude descubrir cuál era, siempre fue perder a mis padres. Como afirma Burbano Cifuentes en su ensayo, este miedo es uno de los más comunes; de hecho, casi todas las personas que conozco lo comparten, pero sólo una de ellas lo superó de la forma más dura posible.

Olga y yo somos amigos desde la infancia. En una clase de cuarto o quinto de primaria encargaron a los estudiantes responder un cuestionario donde figuraba una pregunta sobre el principal miedo de cada uno. Ambos coincidimos en la respuesta. Días después los padres de la niña murieron.

Olga faltó mucho a clase y cuando asistía lloraba sentada en su pupitre. El colegio fue indulgente con ella hasta que, meses o tal vez un año después, dejó de llorar. Mi compañera me contó que sus tíos, con quienes vivía, eran muy comprensivos y amorosos; escuchaban música, jugaban y, al poco tiempo de vivir juntos, la llevaron donde un psicólogo. También me dijo que la pérdida de sus padres era irreparable pero había sido afortunada al quedar bajo la custodia de sus tíos.

Olga vive ahora en Estados Unidos y la última vez que me escribió un correo electrónico, hace más de un mes, me dijo que el regalo más grande que podía ofrecer a la memoria de sus padres es esforzarse por alcanzar los sueños que posee desde niña.

Paso, ahora, a afirmar que, a pesar de ser el miedo a la muerte de los padres uno de los más comunes, éste se manifiesta o padece de forma diferente dependiendo, principalmente, de la edad de los hijos.

Un niño o un joven que sienta este miedo se enfrenta a un doble temor: perder a sus progenitores y, con ellos, la estabilidad económica. Así le hayan dejado un seguro lo más probable es que no esté capacidad de administrar el dinero adecuadamente, y si es adoptado por algún familiar, nacerá en él la incertidumbre de no saber cómo lo cuidarán.

El huérfano, en muchos casos, se verá obligado a buscar las personas que sucederán el rol emocional que desempeñaban sus padres o, todavía más difícil, asumir él mismo el papel de protector de su propia existencia.

Este miedo desemboca en otros temores: a quedarse solo, a no ser capaz de enfrentarse a la vida, a no soportar el dolor y la ausencia. En mi caso, como joven adulto, el miedo a la muerte de mis padres, especialmente la experiencia narrada inicialmente, me ayudó a descubrir que los amaba y amo más de lo que pensaba y también a comprender que mi dependencia respecto a ellos debe ser cada vez menor.

En el caso de un adulto, si éste tiene un trabajo que le permita sostenerse a sí mismo, no padecerá el temor de perder la estabilidad económica, pero esto no quiere decir que sufra menos que el niño o el joven si sus padres llegan a morir. De hecho, si el adulto tiene descendencia, puede verse atrapado entre dos miedos: a perder a sus padres y a morir antes que sus hijos.

El miedo a la muerte de los progenitores es uno de los miedos con el que muchos nos vemos forzados a vivir, y que deseamos que fuera posible nunca verlo convertido en realidad.

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